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Edición del Viernes 23 de junio de 2006
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Cultura: CULT-01
DE REALIDADES Y FICCIONES, CON ENRIQUE M. BUTTI

Mete la cola en la casa y la daga le da al diablo

solo com oel pastorcito en el momento de la creación. Foto: Archivo El Litoral.. 

De escritores y literaturas, estilos y caminos, destinos y enemigos, infiernos y paraísos... habló el escritor, inmerso en la gruta donde habita buena parte del día.

Después de una prolongada persecución, tras no pocos ruegos y amenazas, el escritor y compañero de trabajo Enrique Manuel Butti accedió a una entrevista, disparada por el galardón que obtuvo del Fondo Nacional de las Artes: el primer premio en el género cuento.

Aceptó, finalmente, haciendo gala de una falsa modestia, manifestada en los ropajes con que aparece emperifollado para la fotografía: rutilantes bombachas bordadas con rosetones, chaleco boliviano -que Morales envidiaría-, camisa Ah™ Po'i multicolor. Antes de lo que él llama "someterse" a la grabación, exige que no se toque una larga lista de temas, precisamente todos los que constituían el cuestionario, y aunque al final queda acorralado con algunas de las cuestiones previstas, la entrevistadora se excusa por la impuesta banalidad de las preguntas.

-¿Cuándo y por qué decidió ser escritor?-Cuando descarté, por mi contextura física, el boxeo. No sabía que elegía una contienda mayor y sin "segundos", esos ayudantes que te refrescan en las pausas la jeta magullada y te sacan ese fantástico mordillo que siempre envidié ante las cachetadas que te propina el mundo. -Además de la decisión y aptitud, ¿qué se necesita para ser un escritor?-La lectura, supongo, la adicción vocacional a la lectura, de manera que uno llegue a querer escribir lo que no encuentre escrito. Resulta imposible imaginar un escritor actual que no cuente con una buena y gran biblioteca como patrimonio espiritual. En el pasado es posible encontrar autores que construyeron una obra importante desinteresándose de esa biblioteca -digamos, con las limitaciones del caso- "universal". Capaz que en el futuro vuelva a ser posible. Pero hoy creo que no; que, incluso si uno quiere lograr un efecto de ingenuidad o candor o sencillez, es necesario aplicar recursos para lograrlo, y no simplemente hacer gala de espontaneísmo. Esa exigencia, que tanto les preocupa y embanderan algunos espías de la literatura, acerca de que el escritor debe ser testimonio de su época, bueno, sí: lamentablemente es cierta, no hay escapatoria. Y la época que nos tocó es una época saturada de oferta artística, con un despliegue casi obsceno de creaciones y con una promoción indiscriminada de prestigios. Es imposible para el destino de un escritor actual hacer caso omiso de ese caos; su sino es arrojarse al maelstršm y naufragar aferrado a la tabla de lo que ha elegido como tradición propia.Nos está vedada la divina imagen del pastorcito poeta, de la pastora cantautora. Quiero decir, nada impide que uno practique tal soberana impoluta naturalidad; lo que no puede pretender es que tras tal canto exploten los aplausos del Carnegie Hall, a la manera de ese compadre de composiciones domingueras que durante la semana recogía firmas por calle San Martín para avalar su postulación ante la Academia Sueca.Está claro que Dante pudo escribir lo que escribió porque su genio se desarrolló en un tiempo y espacio donde le fue posible inventar una lengua, donde terminaba una historia de la civilización y empezaba otra, y la que terminaba era, a la vez, infierno, purgatorio y paraíso, y la que empezaba se podía avizorar como otro infierno, otro purgatorio y otro paraíso. La nuestra es una época literariamente interesante pero opresiva, sobre todo cuando, al final de cuentas, en el momento de escribir el escritor está solo como el pastorcito o la pastora. Porque a ese bagaje literario de alguna manera hay que acorralarlo en el momento oportuno, a menos que queramos "usarlo" como las novelitas con fantaseo histórico usan los datos de Internet. -¿Se puede vivir de la literatura?-¿Si un escritor, aquí, puede vivir de lo que reditúan sus libros, los libros que escribió porque quiso, los libros que nadie le encargó? No. -El policial y las novelas de aventuras con chicos, ¿son los géneros que más te interesan?-En su ortodoxia, los géneros narrativos están ligados a la fruición popular. Hoy no hay género literario que sea popular, si se exceptúa quizás el de "autoayuda", que más que género es un "curro". De manera que una narración de ciencia-ficción o policial, con las reglas estrictas que tuvieron en sus distintas épocas de repercusión masiva, no tendría hoy otro sentido que el de su revisitación o el de su parodia. Pero hay efectos, aspectos que sí vale la pena rescatar. No es casual que el enigma, el suspenso, la resolución basada en datos consignados, etcétera, todos esos elementos de la novela detectivesca estén dentro de la estructura de las novelas y los filmes favorecidos por el público en los últimos tiempos, mezclados con magias bobas y presuntas teologías hereticonas.

El estilo

-Un escritor, ¿debe preocuparse por conquistar un estilo propio?

-Todo lo contrario; si no me equivoco (y, a juzgar por las entronizaciones literarias actuales, sí, me equivoco), lo que debe preocuparle al escritor es tratar de escapar de sus límites o, por lo menos, tratar de cavarse túneles, fosos, pozos, ir más allá. De todos modos, al final siempre estará signado por esa fatalidad que llamamos estilo, pero, por lo menos, habrá construido un universo algo mayor que el recintado de un gallinero en el fondo del patio.

Nuestra época canta loas a los escritores cuyos textos permiten aplicar cuadros sinópticos y sociolécticas semiolecturas ideofácticas, es decir, escritores bien pautados y de senderitos asfaltados, cuando no de bien señalizadas autopistas. A la alternativa la constituyen los autores versátiles que, merced a su vagabundeo, han dilatado los alcances y la amplitud de su estilo, autores preocupados no por estampar su firma en cada línea de sus libros, sino arrebatados por saltos mortales siempre más allá.

Pensemos en Borges, cuyo estilo nos parece tan reconocible y único, pero (o porque) fue capaz de espaciar de las letras de tango a los cuentos fantásticos, de los tankas a los poemas narrativos. En realidad, él se desesperó por escapar de sus repeticiones, hasta el último libro de su vida se revolcó por sacarse su bautismo de tigres, laberintos y cuchilleros. Y lo mismo sucede con dos autores clave, indiscutibles patronos de la literatura moderna: Gustave Flaubert y Henry James. Ahora, extrañamente, los dos han sido malinterpretados como autores obsesionados por problemas de estilo, cuando en verdad lo que les preocupaba era la mejor forma de practicar el salto estilístico de una novela histórica ("Salambó") a una novela cómico-enciclopédica ("Bouvard y Pécuchet") a una novela naturalista ("Madame Bovary") o, en el caso de James, pasar de un cuento de fantasmas a una novela social ("La princesa Casamassima") a una novela de psicología vampírica ("La fuente sagrada") a un melodrama amoroso ("Washington Square"), y es esa exploración lo admirable, no el humano inevitable mínimum, el inevitable común denominador al que estamos esclavizados sin salvación, como Prometeo a la piedra y al águila.

El escritor "del interior"

-¿Cuáles son los caminos para un escritor joven "del interior"?

-Los de cualquier escritor, desde luego: caminos singulares e impredecibles. Pero entiendo que me querés preguntar qué ilusiones pueden serle plausibles a un escritor de nuestros lares. Bueno, si ansía lo que el mercado llama repercusión rápida, pues, que individualice los modelos y sepa que tiene que irse de ese "interior" nuestro. Está claro que no vivimos en los Estados Unidos ni en Brasil ni en casi todos los países de Europa, donde un artista puede soñar con su trascendencia sin que importe el rincón adonde habite. El nuestro es un país centralista como pocos y al "interior" sólo se le requiere folclore.

Bueno, y si no quiere irse, que ese aprendiz individualice a los buenos escritores vivientes de su lugar que le den ejemplos de dignidad personal y de escritura de una obra encomiable. Existen en tantos ángulos del país, pero, si quiere mirar a los cercanos, que mire a José Luis Víttori, a José Luis Pagés, a Kiwi, y sigue y sigue, la lista es larga, tiene para elegir.

Por otro lado, no hay que engañarse. He conocido a Arnaldo Calveyra, un gran escritor entrerriano que vive en París, pero enclaustrado en su departamento. Y también soy amigo de unas escritoras locales, que no sé si querrán que las nombre, que saben danzar más que si fueran famosas estrellas del olimpo de Scott Fitzgerald y Gertrude Stein.

Sea donde esté ("donde estea", sería correcto decir) el escritor, dado que crear de la nada lo hace sentir un dios, debe estamparse en todos los vericuetos y ventrículos del alma aquella admonición de Ezra Pound: "Depón tu vanidad, deponla, te digo".

El enemigo

-¿Cuál es el principal enemigo del escritor?

-Para el escritor joven hay enemigos que realmente pueden ser fatales, si después del perdonable arrebato en la edad del pavo y del fanatismo de la juvenilia no se despega de la credulidad y adherencia incondicional y perenne a cátedras, escuelitas, doctrinas, capillas con sus cánones presuntamente transgresores, afirmados sobre poderes mediáticos o académicos, hasta económicos. Una debilidad muy humana le puede hacer creer que, si adhiere a tal canon se le garantiza su inclusión en el mismo, a veces, con anticipos que le sustentan tal creencia. En literatura, el parricidio suele ser impostergable.

El principal enemigo del escritor es la resistencia a un principio inherente a este oficio, resistirse a un principio claro como el agua: que el escritor trabaja en y para la soledad.

Mire, los enemigos del escritor cambian día a día. Si es medio paranoico, además, cambian de hora en hora. Usted, por ejemplo, colega entrevistadora, adivino por su cara que está buscando cualquier resquicio para "tomarme pa'l churrete". Quiere vengarse porque muchas veces ha sido objeto de bromas que me adjudica, cuya autoría yo no voy a rebajarme en admitir o negar públicamente, a pesar de que es humillante que me crea capaz de pegarle con cinta engomada un pedazo de queso roquefort debajo del escritorio, o de robarle unas flores de morondanga, o de fingir que se le ha borrado la entrevista con el gobernador. ¿No se da cuenta de que con tales cargos la que se expone es usted y no yo?

-Mirá, ya que estamos y sos vos quien sacaste el tema... ¿Quién metió hoy una galletita de madera entre mis bizcochos de salvado de la dieta?-Usted sabrá. -Sí, yo sé. Fue el mismo que me dejó el casete con un morto que parla.-Ana Laura, ¿vos te creés que voy a estar treinta minutos de un lado y treinta minutos del otro fingiendo voz de ultratumba? Considerate afortunada si tenés el poder de convocar mensajes del más allá. Hacele caso al finadito. ¿Qué te dice?, ¿que sentés cabeza, no? Bueno, hacele caso y ya está. ¿No teníamos que hablar de Raymond Roussel y de James Joyce? -Esa novelita de Agatha Christie que no se consigue, a la que le faltaban las últimas cinco hojas, no podés negar que me la prestaste vos. Y no querés contar cómo termina.-Yo no tengo la culpa. La compré usada, y no la leí. Hacé un ejercicio de imaginación y deducción, y sabrás cómo termina. -No, el ejercicio de deducción lo hago para saber que fuiste vos que me cambiaste el mondongo que llevaba para cocinar con tiras de una toalla maloliente.-El acuerdo era que no íbamos a hablar de cosas personales. Parecés una chismosa, la que quedás mal sos vos. Además, no sé por qué te enojás si, al final, al mondongo te lo devolvieron; más te hubiera valido comerte la toalla, que era de puro algodón, es decir, materia vegetal y no visceral. El acuerdo era que acá íbamos a hablar de Marcel Proust. -No, no vamos a hablar ni de Proust ni de Joyce. A mis cigarrillos fuiste vos el que le pusiste ají picante.-Por favor, ¿te creés que yo tengo tiempo para andar desarmando tus cigarrillos y volver a armarlos mezclando el tabaco con ají puta parió? Tiene razón el muerto que te grita; andá, entrevistalo a tu loro soez, vas a ver lo que te declara. Yo no hablo más, total, ya sé que ese grabador tiene pilas gastadas. -No, esta vez te salió mal. Te conozco y las cambié antes de empezar a preguntar.

ANA LAURA FERTONANI



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