Una camada de escritores colombianos lleva en sus espaldas el peso de ser precedidos por un fenómeno descomunal llamado Gabriel García Márquez. Sin embargo, han sobrevivido al realismo mágico y, sin intentar matar al padre, están demostrando que hay vida después del boom.
Durante la década de los años sesenta y setenta la literatura latinoamericana produjo un terremoto en Occidente que reacomodó el orden artístico ficcional. Una arremetida de escritores prolijos, disciplinados y con el genio para lograr obras monumentales y difundirlas por el mundo, nos legó un patrimonio universal de invaluable valor. Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez ampliaron los públicos lectores, propusieron nuevas visiones del mundo y nuevas exploraciones del castellano.
Ellos leyeron a Proust, Joyce, Wolf y Faulkner y crearon obras monumentales y totalizadoras donde la indagación en la técnica narrativa era un elemento fundamental. Construyeron universos literarios propios, estudiaron la historia de los pueblos latinos y la reinterpretaron. Instauraron sus nombres en el canon literario, pero con su magnificencia ocultaron varias decenas de excelentes autores del continente que fueron sus contemporáneos.
Sumario en la sombra
De autores colombianos como Manuel Mejía Vallejo (1923) sólo circulan en Argentina algunos cuentos en compilaciones policíacas y su obra como novelista, cuentista, poeta, crítico, ensayista y periodista apenas se conoce entre la elite literaria de su propio país. Por parte de las mujeres, Alba Lucía Ángel (1939) escribió entre 1972 y 1975 "Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón", la obra más completa sobre la violencia partidista vivida en Colombia a partir de 1948, luego de ser asesinado el caudillo Jorge Eliécer Gaitán, en un momento de profuso populismo, con características similares a las que se vivían en Argentina. Roberto Burgos Cantor (1948) publicó en 1984 "El patio de los vientos perdidos", un libro de cuentos donde evidencia una profunda voluntad de estilo y una puesta exquisita de narrativa poética.
En 2006 publicó "La Ceiba de la memoria", obra con pretensiones de "novela total" en la que recrea la Cartagena esclavista del siglo XVII, época donde el sometimiento y las torturas a los negros asentaban las bases de la explotación a las minorías por parte de los poderes coloniales. Son trabajos dignos de conocerse en el continente.
Quienes imitaron a los grandes del boom murieron en el olvido por la precariedad en la innovación y el poco aporte a las artes. Otros autores se doblegaron ante las nuevas deidades, pero sólo en 1996, con la publicación de "MC Ondo", el chileno Alberto Fuguet compiló las preocupaciones de las jóvenes "plumas". El libro era una antología de la nueva literatura hispanoamericana y a su vez un manifiesto. En el prólogo se expresan las dificultades que padecían autores anónimos cuando intentaban publicar obras con técnicas distintas a las del realismo mágico.
"MC Ondo" aludía al pueblo de guadua y caña brava donde se desarrolla la historia de "Cien años de soledad", la obra laureada de García Márquez, el novel del boom. Los nuevos autores ya no se sentían representados en Macondo. Argumentaron que ahora vivían en urbes sobrepobladas, con inmensos rascacielos donde los jefes crean industrias en vez de pescaditos de oro y los jóvenes se comunican por internet, juegan Nintendo y consumen éxtasis. Una época de extrema racionalidad en deterioro de la imaginación, pletórica de conflictos complejos, imposibles de representar en una sola obra. Por su parte, otros autores hicieron vanos esfuerzos por "matar a los padres", mientras intentaban, infructuosamente, desconocer las virtudes del canon hegemónico.
Hay vida después del Boom
Así como Kundera sostiene que la mujer siente su mayor gozo cuando soporta con gusto el peso del amado sobre su cuerpo, una camada de escritores, llevando en sus espaldas la imagen de Gabo, han sobrevivido al realismo mágico y demuestran con obras excelentes que hay vida después del boom.
Con novelas como "Asuntos de un hidalgo disoluto" (1994), "Tratado de culinaria para mujeres tristes" (1996) y "Angosta" (2004), Héctor Abad Faciolince ha construido una narrativa propia en un lenguaje fresco, por la que ha recibido varias distinciones. Obtuvo en España el primer Premio Casa de América de Narrativa innovadora en el año 2000 y fue elegido el autor de la mejor novela extranjera del año en Beijing (2005). La biografía sobre su padre "El olvido que seremos", fue la obra más leída en Colombia durante 2006. Faciolince aborda la exclusión social urbana, las relaciones con la lectura, la desigualdad, la soledad y la orfandad en la opulencia, entre otros temas, con una estructura narrativa compleja y una amplia intertextualidad.
Por parte de las mujeres, Laura Restrepo se dio a conocer internacionalmente con el premio Alfaguara (2004) por su obra "Delirio", elogiada ampliamente por Saramago. Sin embargo, un sector de la crítica colombiana defiende con igual o mayor entusiasmo otras novelas de su autoría como "La novia oscura" (1999) y "Leopardo al sol" (1993). Restrepo ha hecho igualmente crítica literaria sobre la narrativa de la violencia en Colombia.
Mario Mendoza obtuvo el Premio de Biblioteca Breve Seix Barral en España (2002) y con éste el rechazo de los garciamarquianos, pues su obra ofrece una exhaustiva economía narrativa y una concisión en la historia que la hacen parecer casi una crónica. Quedan por mencionar los valiosos trabajos de autores como Santiago Gamboa, Piedad Bonnet y Darío Jaramillo, así como de algunos cuentistas de las provincias que han refinado la estética del relato corto.
Mientras las grandes casas editoriales siguen publicando las colecciones completas de los grandes del boom, en Bogotá se reunieron este año 39 escritores menores de 39 años provenientes de todos los países hispanos. El encuentro demostró que hay toda una narrativa por difundir. Se destacaron por Argentina las obras de Gonzalo Garcés y Andrés Neuman, la de Rodrigo Hasbún por Bolivia, Alejandro Zambra por Chile, Juan Gabriel Vásquez por Colombia y el ya distinguido Jorge Volpi por México. Se pudo conocer la propuesta narrativa de la cubana Wendy Guerra y del peruano Daniel Alarcón, así como la del venezolano Rodrigo Blanco Calderón.
Sin duda, siempre será fundamental leer las obras canónicas de nuestra literatura, tan importante como comprender que las vertiginosas transformaciones de la vida en Latinoamérica, sus conflictos y constantes desmemorias requieren permanentemente de nuevas narrativas que las representen, de constantes ficciones que vitalicen las artes, las humanidades y que hospeden en el papel el recuerdo de nuestros tiempos.
(*) periodista colombiano que realizó, durante diciembre, una pasantía en El Litoral
Kevin Alexis García (*)