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Análisis
El derecho a una ciudad integral
En los últimos años y por motivos ampliamente divulgados en estos meses, la formidable acumulación de riqueza producto de la renta agropecuaria, evidenció su desborde en la ciudad con inversiones en edificios de vivienda, como una de las maneras del ahorro rentístico. La trama urbana de Santa Fe tiene su origen en las antiguas Leyes de Indias legada por los españoles que proponían un simple esquema de partición del suelo, tanto para el área residencial como para los edificios públicos, con calles donde la tracción a sangre aparecía como un uso cotidiano y definitivo. La desmesurada apetencia por ocupar territorios urbanos absolutamente abandonados al designio del mercado ha roto hoy los equilibrios ecológicos de la ciudad y ya se observan los efectos nocivos que deterioran progresivamente el medio ambiente. También, los flujos vitales que alimentan y purifican la vida urbana, entrarán en colapso en breve tiempo. No se saben a ciencia cierta los efectos de esta feroz densificación y qué impacto tendrá en el sistema de transporte público y privado, en las infraestructuras vitales, en los equipamientos educativos, sanitarios, en los abastecimientos primarios y en la seguridad. Tanto en la trama fundacional española y mestiza -el barrio Sur- como en la "ciudad liberal" del entorno del sistema Gálvez/Pellegrini, que incluye a barrio Candioti, estos efectos ya son particularmente graves. La ciudad de Santa Fe no está preparada -a nuestro juicio- para moderar el impacto con la actual legislación municipal, desactualizada y vetusta, y con la demorada modificación de los reglamentos de edificación y zonificación. A esto se suma la falta de incentivos para desarrollar otros territorios de la ciudad, con "desarrolladores" que inviertan y no sólo usufructúen de la plusvalía urbana de las áreas consolidadas, reduciendo por cien o más, los índices razonables de espacios verdes por habitante, entre otros indicadores de habitabilidad. La construcción indiscriminada de torres de vivienda enfrenta a dos paradigmas. Quienes con el esfuerzo de una vida han construido y mantenido su vivienda unifamiliar con alto costo económico y afectivo, se ven ahora invadidos en su intimidad y limitados en el disfrute de la luz solar, con extendidos conos de sombra que se proyectan sobre patios y habitaciones. El otro paradigma, es el de los capitales inmobiliarios que llevan al extremo la geometría del reglamento de edificación, para exprimir en exiguos lotes toda la renta posible sin mirar a los costados. Quienes gozamos con atisbar el cielo desde nuestros sitios preferidos, con las suaves brisas de los patios al atardecer o con escuchar involuntariamente los avatares de la vida doméstica de los vecinos "de al lado": ¿dónde encontraremos nuestro lugar en la ciudad, ahora que la furia constructiva lleva al límite de la violencia la sustitución de antiguas casas de tradición italiana, y la desaparición de bellos ejemplos de arquitectura patrimonial? ¿Debemos resignarnos a la naturaleza custodiada, clasista y segregada de la des-urbanización de la vida en el country? No. Tenemos el derecho a ser neorrománticos, a creer que la arquitectura y la planificación urbana poseen un espesor ontológico, una ética de sentido, "un deber ser" al cual responder desde una concepción del habitar superadora de la mezquina instrumentalidad técnica y económica. Éste es el debate. Por el Arquitecto Carlos Falco |
