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Crónica política
La renuncia de Fernández y el regreso de los Kirchner
Rogelio Alaniz Alberto Fernández no renunció por sus evidentes errores, sino por sus discretos aciertos. No es una víctima ni mucho menos, pero fue el único ministro que se animaba a señalarles algunos errores a los Kirchner. Tenía legitimidad para hacerlo. Y, en un clima signado por el servilismo y la obsecuencia, mantenía algunos tímidos rasgos de independencia que lo distinguían del resto de los funcionarios . Si en política la palabra "amistad" dice algo, él fue un amigo de la pareja gobernante. A nadie le consta que haya sido un consultor sentimental, pero se sabía que intervenía para arreglar las desavenencias políticas del matrimonio. Se dice que siempre estuvo más cerca de Cristina que de Néstor. Es posible. En cualquier caso, fue el ministro político de un gobierno que nunca terminó de entender que, en los tiempos modernos, la política es el arte de construir consensos. Sus rivalidades con De Vido fueron célebres. La lucha interna por el poder fue despiadada. Hoy, De Vido y Jaime sonríen, pero esas sonrisas nada bueno auguran ni para el país ni para el gobierno. Se sabe que el poder desgasta, deteriora y en algún momento aniquila. Los que lo conocen a Fernández dicen que en cinco años envejeció veinticinco. Él mismo decía en rueda de amigos que la que más se alegró con su renuncia fue su familia y, muy en particular, sus hijos. Sin embargo, sería un error atribuir a razones personales una renuncia que tiene fuertes consecuencias políticas. El gobierno no se fortalece con su renuncia, se debilita. Sergio Massa podrá ser un muchacho talentoso, pero hasta el momento es apenas una promesa. Su juventud recuerda a la de Lousteau. Esperemos que ésa sea la única coincidencia. En sus primeras declaraciones prometió una gestión dialoguista. Ojalá pueda hacerlo. Por lo pronto, no hay señales de que sus jefes estén en la misma línea. Fernández no fue echado del poder. Tampoco fue un desertor. Se fue porque estaba harto, pero el hartazgo era político, no privado. En voz baja, con discreción florentina, Fernández advirtió sobre estos errores. No fue escuchado. Mucho menos, reconocido. Pudo haberse ido dando un portazo. Prefirió hacerlo casi en puntas de pies. Es probable que no haya tenido margen para otra cosa. Su último aporte al gobierno fue haber convencido a los Kirchner de que no debían renunciar. La paradoja no deja de ser sorprendente: el gobierno kirchnerista continúa en el poder gracias a los consejos del ministro que se va. No es la única paradoja. El gobierno hoy disfruta de un clima político relativamente distendido gracias a la "traición" de Cobos. La derrota de los Kirchner en el Senado fue una tabla de salvación. La tercera paradoja podría calificarse como la autoprofecía cumplida. Néstor Kirchner se desgañitó denunciando a la oposición por conspirar para el derrocamiento de su esposa. Pero, a la hora de la verdad, el único que pidió la renuncia de Cristina fue el propio Kirchner. Dos películas yo le obsequiaría a la señora Cristina: "Durmiendo con el enemigo" y "La guerra de los Roses". La última paradoja la estamos viviendo estos días. La conspiración no viene de la oposición, viene del peronismo. No son Macri, Carrió o Binner los que están minando al gobierno por dentro. Sus enemigos más tenaces se llaman Duhalde, Rodríguez Saá, Menem, De la Sota. Y hay más nombres. Las deserciones son diarias. El peronismo se prepara para sucederse a sí mismo. Si la oposición lo deja, volverá a hacerlo. Dirigentes opositores le reclaman a la señora Cristina que tome distancia de Kirchner. En política, las ficciones muchas veces son necesarias. Recuerdo cuando en 1974 se decía que había que apoyarla a Isabel para aislar a López Rega. Los peronistas son maestros en brindarnos esas maravillosas opciones. Con las evidentes distancias del caso, imaginar una Cristina diferente de Kirchner es una ilusión, una fantasía que carece de sustento real. Mientras escribo esta nota, miro la pantalla del televisor y la veo a ella y a él participando en un acto público. Están en su derecho. A su manera, son coherentes y leales con lo que han hecho toda la vida. No son ellos los que se equivocan. Los que se equivocan son los que suponen que hay una Cristina buena y un Néstor malo. Entiendo a la oposición cuando inventa esa ficción, pero que la entienda no quiere decir que la comparta. Y mucho menos que la crea. Para bien o para mal, los Kirchner seguirán siendo los Kirchner. Juntos llegaron al poder y juntos se van a ir. Lo deseable es que lo hagan en los plazos que establece la ley. Esto es lo deseable, pero en política lo deseable no siempre se cumple. Para ello hay que gobernar, y gobernar bien. Los Kirchner se han equivocado demasiado, pero lo peor de todo es que están dispuestos a seguir equivocándose. La experiencia aconseja que, cuando se cometen errores, lo más sabio es cambiar de conversación o callarse la boca. Por el contrario, los Kirchner hablan más que antes y sus obsesiones siguen siendo las mismas. A Perón se le atribuye haber dicho "Dios tiene prestigio porque se muestra poco". El viejo zorro, que era mejor orador que ellos y despertaba pasiones mucho más consistentes que ellos, sabía cuando tenía que callarse. A esta elemental noción de política los Kirchner la ignoran. Suponen que los problemas de la Nación se arreglan con discursos. Creen que los procesos de simpatía o adhesión carismática se resuelven sólo con palabras. Ignoran que la realidad, incluso la realidad simbólica o imaginaria, se teje con otra trama y con otras hebras. Que también la realidad política se construye con los silencios y las ausencias. Hipólito Yrigoyen algo sabía de esos menesteres. Cuando las palabras pierden credibilidad, consistencia, degradan en ruido, en sonidos desagradables, en lugares comunes que pueden ser correctos pero no dicen nada . El carisma es algo más que un discurso bien dicho. El carisma es, por sobre todas las cosas, una relación. No hay líderes carismáticos, hay líderes que mantienen relaciones carismáticas. Para reproducir el fenómeno de Evita hace falta algo más que teñirse el pelo o hablar con voz algo enronquecida. Para lograr el efecto de Perón hace falta el talento de Perón, pero también la Argentina en la que vivió Perón. Les habría correspondido a los firmantes de "Carta Abierta" informarlos, pero los muchachos están muy preocupados en indagar sobre las tendencias oligárquicas que anidan en la Federación Agraria. O en divagar acerca del nacimiento de una nueva derecha. Curiosa y admirable izquierda "nac&pop". Preocupada por la existencia de una nueva derecha, se ha olvidado de su responsabilidad de construir una nueva izquierda. Fascinados por los salones del poder, seducidos porque un ex presidente decidió escucharlos, asisten a sus reuniones no a discutir, sino a aplaudir y a someterse. A este acto de servilismo político ellos lo denominan compromiso intelectual. Cristina Fernández sigue hablando en la pantalla del televisor. Presto atención a una de sus frases: "Nosotros venimos a devolverles lo que les han sacado en las últimas décadas'". Hago números. En los últimos treinta y cinco años, los peronistas gobernaron durante 21 años. En la provincia de Buenos Aires, en los últimos treinta años gobernaron durante 26. Ahora pregunto: la supuesta devolución de la que habla Cristina, ¿es un acto de justicia o una autocrítica? |
